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Soneto 29
Cuando, en desgracia con la fortuna y con los ojos de los hombres,
Solo lloro mi estado de paria,
Y molesto al cielo sordo con mis gritos inútiles,
Y me miro a mí mismo y maldigo mi suerte,
Deseándome como él más rico en esperanzas,
Representado como él, como él lleno de amigos,
Deseando el arte de este hombre y el alcance de aquel,
Y casi despreciándome con estos pensamientos
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W. Shakespeare

El domingo tendré mi primera visita de contacto con mi hijo menor desde su encarcelamiento el 5 de diciembre. Fue transferido recientemente a un centro penitenciario en Chino, California, a unas seis horas de distancia. Su caso está en apelación, la parada y el arresto posterior injustificados, el delito no violento. Él estuvo en “recepción” en San Quintín durante los últimos cinco meses y medio, dicha recepción siendo el primer paso en el sistema de prisión estatal, que supuestamente dura entre uno y tres meses, ya que es una época dura de confinamiento casi solitario, en el que usted está en su celda 23 horas al día, con 15 minutos cada tercer día para tomarse una ducha de agua fría, sin televisión o radio, un máximo de dos horas por mes de visitas a la biblioteca jurídica, y sin visitas de contacto. Las visitas, de hecho, tenían que ser concertadas por teléfono, y las líneas telefónicas sólo estaban abiertas los miércoles y los domingos entre las 8 y las 10 horas, pero la mayoría de las veces uno llamaba y se oía una señal de línea ocupada, o sonaba sin que nadie contestara y luego se desconectaba. Mi última visita a San Quintín fue el 3 de mayo, y no pude conseguir otra cita hasta el 29, pero cuando llegué me dijeron que había sido trasladado.

El sistema es altamente punitivo, diseñado para humillar y denigrar no sólo al prisionero sino también a sus visitantes y amigos, casi como si uno fuera culpable porque tener a un amigo o familiar tras las rejas. Lo sé porque he ejercido el derecho penal como abogado durante cerca de treinta años, y el tratamiento de los reclusos (y de sus familias y amigos) no ha mejorado en ese tiempo o en los diez años desde que me jubilé, sino que más bien ha empeorado, ya que ahora están encarcelando a más y más personas, en un ejercicio continuo del sistema de Jim Crow, como Michelle Alexander tan bien lo explica en su libro, The New Jim Crow. Mi experiencia como abogado fue que las prácticas del sistema de Jim Crow nunca murieron y estaban vivitas y coleando incluso en el norte hasta Nueva Jersey, donde yo vivía y ejercía mi carrera. Incluso entonces podíamos notar un terrible aumento en las poblaciones de reclusos, y el enjuiciamiento desproporcionado y condena de las personas de color, incluyendo, entonces y ahora, menores de edad.

Hace ya muchos años vi la película Fortune and Men’s Eyes, y tuvo un tremendo impacto en mí. Se basa en una obra de teatro del escritor canadiense John Herbert sobre la esclavitud sexual y la violencia en la cárcel. Fue difícil obtener el reparto de actores y producir la obra, ya que muestra la parte inferior y sórdida del sistema. Como me he dedicado toda mi vida a mostrar y a luchar contra esa parte inferior sórdida, ya sea acerca de las crueldades del sistema de inmigración (a nivel mundial), la difícil situación de los refugiados y de los pueblos ocupados por todas partes, incluida Palestina, y la criminalización de la pobreza y la falta de vivienda, aquí en la tierra de la abundancia, donde los veteranos de guerra y los niños hambrientos, en lugar de los ciervos y el búfalo, deambulan, puedo decirles que para mí con frecuencia es un caso de “matar al mensajero”, porque la gente prefiere NO averiguar lo que está pasando, para poder seguir sin hacer nada al respecto. La obra de teatro finalmente llevó, por cierto, a la creación de la Sociedad Fortune, una organización de defensa y apoyo a los presos que reingresan a la sociedad después de su encarcelamiento.

Pertenezco y contribuyo a iniciativas como el Proyecto de la Inocencia, que trabaja para exonerar a los reclusos condenados a través del uso de pruebas de ADN. He visto bastantes reversiones de las convicciones, una de las más condenatorias (en lo que se refiere a nuestra sociedad) es aquella en el caso de la corredora de Central Park, donde los fiscales intimidaron a varios jovencitos a declararse culpables. Recuerdo el furor del momento; yo era visitante frecuente del parque central en Nueva York, y la historia de estos cinco jovencitos latinos y negros, y su aparente paliza brutal y violación de una corredora blanca estaba constantemente en las noticias. Sólo años más tarde, cuando otro preso admitió su propia culpabilidad y las pruebas de ADN demostraron sin lugar a dudas que estos jovencitos no habían cometido el crimen, fueron exonerados, pero los años y años de prisión no se le pueden devolver a un prisionero. Ver http://www.theguardian.com/commentisfree/2012/oct/05/central-park-five-rape-case

También le escribo a presos a quienes mi hijo ha conocido, y que puede que no tengan a nadie que les escriba; dos de ellos se encuentran en San Quintín. Uno de ellos es un amigo por correspondencia del programa fundado por Sharon Martinas al que me uní el mes pasado llamado Programa de derechos humanos para amigos por correspondencia. La mayoría de los presos que han solicitado cartas han participado en las huelgas de hambre y otras acciones de protesta por los derechos humanos en todo el estado. Mi amigo por correspondencia ha estado en confinamiento solitario durante la mayor parte de su vida.
Estamos en medio de una ola de abuso policíaco y oficial y asesinato de personas de color y de violencia estatal. En nuestras vigilias mensuales en Oakland, ahora leemos los nombres no sólo de los muertos en Irak o Afganistán, sino de los que son víctimas de la violencia estatal en los EE.UU., uno cada 28 a 36 horas, día tras día. living graveyard http://epicalc.org/

Esto, por desgracia, tiene muchos precedentes. Cuando fui por primera vez a interpretar para los sobrevivientes de tortura en Fort Benning, Georgia, oí muchos cuentos de la venta de esclavos en algunos de los sitios históricos de la zona. Las familias eran separadas, las vidas eran destruidas en el bloque de subastas, y muchos de los que ahora son respetados debido a su riqueza y poderío se iniciaron en este negocio execrable. Sin embargo, hoy nuestra industria carcelaria es una industria a nivel mundial, sin ningún inconveniente. Usted consigue trabajadores gratis, los presos pagan (a precios excesivos) por el privilegio de ser esclavizados, y botamos a la basura decenas de miles de vidas todos los días. ¿Quién invierte en estas cosas, te preguntarás?

Al menos 37 estados han legalizado la contratación de mano de obra penitenciaria por corporaciones privadas que montan sus operaciones dentro de las prisiones estatales. La lista de estas empresas contiene la flor y nata de la sociedad empresarial estadounidense: IBM, Boeing, Motorola, Microsoft, AT & T, Wireless, Texas Instrument, Dell, Compaq, Honeywell, Hewlett-Packard, Nortel, Lucent Technologies, 3Com, Intel, Northern Telecom, TWA, Nordstrom, Revlon, Macy, Pierre Cardin, Target Stores, y muchas más. Todas estas empresas están entusiasmadas con la generación de un auge económico debido a la mano de obra penitenciaria. Sólo entre 1980 y 1994, las ganancias subieron de $ 392.000.000 a $ 1, 310, 000,000. Los reclusos en los centros penitenciarios estatales en general, reciben el salario mínimo por su trabajo, pero no todos; en Colorado, reciben alrededor de $ 2 por hora, muy por debajo del mínimo. Y en las prisiones de gestión privada, reciben tan poco como 17 centavos de dólar por hora para un máximo de seis horas al día, el equivalente a $ 20 por mes. La prisión privada que más paga es CCA en Tennessee, donde los presos reciben 50 centavos por hora por lo que ellos llaman “posiciones altamente calificadas”. Con esas tasas, no es de extrañar que los reclusos encuentren que el pago en las prisiones federales es muy generoso. Allí, se pueden ganar $ 1.25 por hora y trabajar ocho horas al día, y a veces horas extras. Pueden enviar a casa de $ 200 a
$ 300 al mes.
http://www.globalresearch.ca/the-prison-industry-in-the-united-states-big-business-or-a-new-form-of-slavery/8289

Eric Schlosser escribió muy bien sobre el complejo industrial de prisiones en la edición del Atlantic Monthly de 1998:

El complejo industrial de prisiones no es sólo un conjunto de grupos de intereses e instituciones. También es un estado de ánimo. El atractivo del gran capital está corrompiendo el sistema de justicia penal de la nación, sustituyendo las nociones de servicio público con una ofensiva por mayores ganancias. El entusiasmo y afán de los funcionarios elegidos de pasar leyes “severas contra el crimen” combinados con su renuencia a revelar los verdaderos costos de estas leyes ha animado todo tipo de irregularidades financieras. El funcionamiento interno del complejo industrial de prisiones se puede observar en el estado de Nueva York, donde comenzó el auge de las cárceles, transformando la economía de toda una región; en Texas y Tennessee, donde las empresas de prisiones privadas han prosperado; y en California, donde las tendencias correccionales de las últimas dos décadas han convergido y llegaron a extremos. En el ámbito de la psicología un complejo es una reacción exagerada a una amenaza percibida. Eisenhower sin duda tenía ese significado en cuenta cuando, durante su discurso de despedida, instó a la nación a resistir “una tentación recurrente a pensar que alguna acción espectacular y costosa podría convertirse en la solución milagrosa a todos las dificultades actuales.”

Por supuesto, todo mi trabajo para los presos no me preparó para ser la madre de un hombre encarcelado, un hombre homosexual que fue atacado brutalmente por otro prisionero mientras esperaba ser enjuiciado en lo que fue claramente un crimen homofóbico. En desgracia con la fortuna y con los ojos de los hombres, mi hijo se ha unido a las legiones de los castigados severamente, y yo soy sólo una más de las madres que protestan, con lágrimas en ristre, un sistema de codicia y crueldad que seguramente nos condena a todos.

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