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Hoy es el tercer domingo de Cuaresma y también el día internacional de la mujer. Vemos a Jesús el sabio judío errante en un ataque de violencia y de alboroto, echando a los cambistas del templo, un Jesús enojado que está actuando de una manera muy desagradable. En nuestra sociedad “políticamente correcta”, nos han educado para que logremos la amabilidad a toda costa. Queremos que todos nos quieran. Esto es lo que la sociedad ha decretado como lo más importante que se debe lograr, después, por supuesto, de acumular el dinero en abundancia. Pero Jesús está volcando las mesas y rompiendo los muebles, y es más que probable que esté utilizando malas palabras que no asociamos con este hombre que nos enseñaron es nuestro consolador, y ¡encima de todo está desperdiciando monedas preciosas!

Hemos visto a lo largo de nuestras meditaciones cuaresmales que Jesús no evitaba para nada los  conflictos, es decir, que era lo contrario a lo que se nos ha enseñado a ser. Su ministerio público es un ministerio de confrontación. Si, como vimos el domingo pasado, debemos obedecer el mandato de Dios de escucharle, no podemos evitar la confrontación tampoco. Tendremos que estar al frente y en el centro de la injusticia, y subvertir e interrumpir la situación actual de nuestra sociedad, donde la avaricia ha sido consagrada y Mammon es nuestro Dios.

El día internacional de la mujer, que este año cae en este tercer domingo de Cuaresma, se ha celebra a través del mundo por más de un siglo, si bien poca gente en los Estados Unidos lo conoce o celebra. Conmemoramos, entre otras cosas, la muerte de más de 146 obreras jóvenes en el fatídico fuego de la fábrica Triangle Waist que ocurrió en marzo de 1911. No se trata de lo que hablamos en los Estados Unidos, es decir, no se trata de los logros de las mujeres, o no en primera instancia.  Los datos que nos proporciona la historia indican que esta celebración representa la historia de miles de mujeres (y hombres) en la lucha por mejores condiciones laborales y por el derecho a “pan y paz” o a “pan y rosas.” No olvidemos nunca la huelga sexual de Lysistrata en la Grecia de antaño para terminar con una guerra, o a las mujeres de París marchando durante la revolución francesa exigiendo el derecho al voto, gritando a lo largo de su protesta, libertad, igualdad y fraternidad.

El 8 de marzo del 1857, obreras de fábricas textiles y de ropa declararon una protesta y huelga general en la ciudad de Nueva York en contra de salarios bajos y condiciones pésimas de trabajo. Buscaban que se les redujeran las horas de trabajo a 10 horas diarias, que se les pagara la misma cantidad que a los hombres, y que se les permitiera tiempo para amamantar a sus hijos. Fueron atacadas por la policía y obligadas a terminar la marcha, pero dos años después, también en marzo, establecieron su primer sindicato.  Hubo más protestas otros 8 de marzo en otros años. Por ejemplo, en 1908, 15,000 mujeres marcharon a través de la ciudad de Nueva York exigiendo menos horas de trabajo, mejor paga, y el derecho al voto. 

En 1910, la primera conferencia internacional de mujeres fue celebrada en Copenhague por la Internacional Socialista, y en esa conferencia se estableció la celebración de un Día Internacional de la Mujer, en reconocimiento al movimiento global por el voto y los derechos de la mujer. A la conferencia asistieron más de 100 delegadas de 17 países, y la propuesta de que se instituyera un día internacional de celebración tuvo aprobación unánime.  Los derechos de las mujeres y el derecho al voto eran el llamado de aquella hora.  Más de un siglo después, todavía no logramos establecer y honrar estos derechos, como debíamos haberlo hecho, en cada rincón del planeta. 

La firma Triangle Shirtwaist, en la ciudad de Nueva York, era típica de las fábricas o talleres explotadores de sus obreros en aquellos tiempos. A los obreros se les tenía encerrados como animales y se les obligaba a trabajar largas horas bajo condiciones peligrosas y poco sanitarias. En el 1909, ya había ocurrido un incidente en esa fábrica que provocó que las 400 trabajadoras se marcharan del trabajo en protesta. La Liga Sindical de Mujeres, una asociación progresista de mujeres blancas de clase media, había ayudado a las jóvenes obreras a formar piquetes y a protegerse de los criminales anti-laborales y de la provocación de la misma policía. En una reunión histórica en Cooper Union, miles de obreras textiles de fábricas a lo largo de la ciudad de Nueva York siguieron el llamado de la joven Clara Lemlich de que había que llevar a cabo una huelga general. Al final de la huelga se llegó a un acuerdo que estableció uno de los primeros sistemas de querellas contra los patronos. Pero muchas de las fábricas y talleres en la ciudad, al igual que en nuestros tiempos, no tenían sindicatos laborales, porque en su mayoría empleaban a inmigrantes.

El sábado 25 de marzo de 1911, empezó un fuego en los pisos superiores del edificio Asch, donde estaba localizada la fábrica Triangle Shirtwaist. En pocos minutos el fuego en la fábrica había sido causa de la muerte de 146 chicas. Las puertas estaban cerradas con candados para que las chicas no pudieran irse antes de la hora de salida. Muchas chicas saltaron del noveno piso, para morir desbaratadas sobre las aceras de la gran ciudad. Esta tragedia cambió para siempre las condiciones laborales en la ciudad de Nueva York. Las chicas tenían entre 15 y 23 años, y eran en su mayoría inmigrantes italianas, alemanas, rusas e irlandesas. El edificio solamente tenía una escalera de incendio. Y no hay duda de que las puertas de salida estaban selladas con candados. Los dueños del edificio, Blanck y Harris, fueron declarados no culpables en un juicio que se les hizo por asesinato. Años después le pagaron $75 por cabeza a 23 de las familias de muchachas muertas que habían puesto una demanda civil. 

A partir de este fuego, todas las celebraciones del día internacional de la mujer han incluído una conmemoración de las víctimas del fuego, muertes que realmente no tuvieron razón de ser, y que indican de nuevo que la avaricia conlleva resultados fatales. En 1975, las Naciones Unidas se unió a la causa, y ahora la celebración cuenta con su apoyo. Es de suma importancia este día para recordar todo lo que ha ocurrido, las luchas, las dificultades, los logros y victorias, y para poder determinar todo lo que aún tenemos que hacer antes de que nos podamos considerar como parte de un mundo justo y cuerdo.

En el año 1995 en Pekín, las naciones miembros de la Comisión sobre el Estado de la Mujer de las Naciones Unidas se reunieron para crear pautas que permitieran medir el grado de progreso en cuanto al logro de la igualdad sexual. En Pekín +5, en el 2000, se reunieron de nuevo para revisar dichos logros y explorar las estrategias necesarias para acelerar el proceso de igualdad. Este año es el venteavo después de la firma de la Plataforma de Pekín, y a pesar de que se ha logrado bastante el progreso, aun queda mucho trabajo por hacer en asuntos como los derechos humanos, la violencia contra las mujeres y niñas, la salud, el trabajo sin paga, la pobreza y la diversidad de la mujer. Tendríamos que notar que el gobierno norteamericano por muchos años se negó a firmar la Plataforma de Pekín aunque finalmente estuvo de acuerdo en retirar una enmienda que había propuesto con relación al derecho de la mujer a servicios reproductivos.

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El Día Internacional de la Mujer es la historia de todas las mujeres en la lucha por una participación equitativa en la sociedad. En estos momentos en que más y más mujeres, tanto en los Estados Unidos como en otros países, viven en un estado cada vez mayor de pobreza, y continúan sufriendo de condiciones laborales de desigualdad, de discriminación sexual, de crímenes de violencia dirigidos específicamente contra la mujer, tenemos que unirnos como un ser indivisible para lograr que todos los habitantes de este planeta, sin importar su género o su orientación sexual, tengan los mismos derechos y tengan voz y voto en todo lo que les concierne.

Nuestra sociedad corporativa moderna ataca a los más débiles de nuestra sociedad, que incluye a las madres y sus niños, a los ancianos y a los discapacitados. Cada vez más, lo poco que se logró en días anteriores se está eliminando en la que es probablemente la transferencia reciente más grande de la riqueza de los más pobres a los más ricos. El Movimiento “Occupy” en todo el mundo los ha expuesto: el 1% frente al 99%. Pero en nuestro país, mediante el uso del doble pensamiento y el doble discurso orwellianos, los políticos que fueron elegidos para representar a todos los miembros de la sociedad, participan en orgías de legislación misógina. Traemos lugares comunes en la boca sobre la protección de la familia y, a continuación, deportamos a los extranjeros entre nosotros, cuyos países de origen han sido destruidos a quemarropa por nuestras políticas militares y económicas. Discriminamos, como nación, como cuestión de rutina.

Estamos en guerra en todas partes, la nueva Pax Americana fabrica y vende armas a todos los países, y con frecuencia a ambos lados en un conflicto. Llamamos a las personas que luchan por su libertad terroristas, y contamos con políticas y programas, como las ejemplificadas por la Escuela de las Américas, que se dirigen a los llamados subversivos entre nosotros, los que están dispuestos a luchar contra la injusticia dondequiera que aparezca. La disidencia, piedra angular de la existencia temprana de la nación norteamericana, se vuelve algo penal, castigable por la ley, a diario.

¿Qué haría Jesús? ¿Qué hizo? Rompió el mobiliario, arrojó a los mercaderes de la codicia, subvirtió el orden social del imperio, y fue crucificado, el castigo impuesto por el Imperio a los subversivos y los revolucionarios, como consecuencia de su ministerio increíble. Me gusta pensar que si él caminara sobre la tierra hoy en día, estaría en huelga en las prisiones de Pelican Bay o de Guantánamo, o sirviendo una condena por protestar contra las armas nucleares. Como personas de fe, somos las personas a las que nos dijeron el domingo pasado en la transfiguración, que teníamos que “escucharle,” y tenemos que levantarnos y protestar por nuestros pecados nacionales, y son muchos. No estamos llamados a estar de acuerdo, sino a no estar de acuerdo. No estamos llamados a ser agradables, sino a resistir, oponernos, gritar o mantenernos de pie para defender los derechos humanos y la justicia, la paz, y hoy en particular, las mujeres. Por hoy y por mañana, todos tenemos que ser los guardianes de nuestra hermana.  

El místico inglés John Donne dice muy bien que ningún hombre o mujer es una isla, sino parte del continente, y que la muerte de cualquier hombre o mujer nos disminuye, porque estamos envueltos con la humanidad, y por lo tanto, nunca preguntemos por quién tañen las campanas: tañen por cada uno de nosotros.

Silvia Antonia Brandon y Pérez, Seminarista


https://www.youtube.com/watch?v=dBbWcL87rDU&t=31

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